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MINAS DE SIERRA MORENA: los colores de la Tierra es un proyecto de Eiffel Lab financiado por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte.
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Viviendas del barrio de Pueblo Nuevo en Tharsis, Huelva. Autora: Marta Santofimia. Fuente: Archivo particular de la autora. 2012.

La sociedad

El minero es un obrero de fuerte movilidad que establece su residencia junto a la mina. Por esta razón, entre los siglos XIX y XX los pueblos mineros de Sierra Morena se caracterizan, sobre todo, por la mezcolanza de sus gentes y su carácter plural; por ser un crisol en el que se funden diversas culturas, hasta generar una nueva. Por otro lado, la sociedad minera está marcada por la omnipresencia de la muerte y la dureza del trabajo, condiciones que cincelan el perfil demográfico de estas comunidades y sus modelos de vida.
 
 
El pueblo minero, crisol de culturas
En Sierra Morena, como en tantas otras partes del mundo, la configuración de la comunidad minera estuvo marcada inicialmente por el origen campesino de muchos de los trabajadores, así como por el carácter aislado de los poblados. Hasta aproximadamente la Primera Guerra Mundial, los pueblos de las minas fueron, grosso modo, asentamientos de inmigrantes, algo que cobra especial relieve en la provincia de Huelva. Con todo, el grupo humano que se estableció en estos enclaves varió en función de cada caso. En Peñarroya (Córdoba), por ejemplo, durante el primer tercio del siglo XX convivieron obreros de varias provincias españolas, especialmente de Andalucía y Extremadura; también, de regiones más alejadas como Asturias, Galicia o País Vasco, junto con individuos de otras zonas mineras (Murcia) y extranjeros.

El estilo de vida de los habitantes de estos asentamientos fue moldeado por la actividad minera. En ella construyeron sus señas de identidad. Una manera de pensar, ser y sentir que se convirtió en un elemento diferenciador frente al resto de trabajadores del territorio, especialmente los vecinos agricultores.

Habitar en un hogar de reducidas dimensiones (o, más aún, compartir cuarto en un barracón) favoreció que el minero desarrollara su vida social en la calle. Escapaba así del hacinamiento característico de algunos enclaves del siglo XIX, al tiempo que fomentaba la convivencia y el sentido de unión. Por otro lado, los espacios de socialización mostraron frecuentemente una clara sectorización por géneros: hombres en casinos, bares y tabernas; mujeres en el mercado o el hogar.

Grupo de mineros en La Fuente Blanca (Belmez, Córdoba) Foto :Infoguadiato.comLos mineros
Como cabe imaginar, no es posible definir un único patrón que sirva para describir al conjunto de estos hombres. Los mineros andaluces del siglo XIX fueron, según la percepción del clérigo inglés en Linares (Jaén) H.J. Rose, gente tosca -pero generosa e ingeniosa-, honesta, educada, trabajadora, alegre, de modesta estatura, poco amiga de la política y las agitaciones, y mucho de la compañía, el cante y el baile. Con una calidad de vida sensiblemente inferior a la de sus colegas ingleses, carecían de capacidad para el ahorro, vivían al día, y se regían bajo el lema “una vida corta y feliz”, aunque no siempre consiguieron aliviar sus penas o salvar sus dificultades.

Las mujeres y la mina. Corrales, Aljaraque, Huelva. Fuente: Archivo del Ayuntamiento de Aljaraque.Mujeres y niños
En las plantillas de las compañías mineras no resultó extraña la presencia de mujeres y muchachos, ambos ocupados fundamentalmente en tareas de exterior (sobre todo a partir de 1900, cuando se prohibió la presencia de menores de 16 años en las labores subterráneas). El empleo de estos conjuntos sociales fue común durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, entre otros motivos porque su remuneración era más baja que la de los varones adultos -mayoritarios-.

A pesar de estar prohibido, el trabajo infantil fue habitual en numerosas minas hasta bien entrado el siglo XX. En algunos casos, los niños se incorporaban a la vida laboral a partir de los 9 años de edad, encargándose -normalmente hasta los 16- de tareas como el transporte, el vaciado de vagonetas o la selección del mineral; o bien servían de ayudantes a los adultos.

La mujer en la mina era la esposa del minero, la administradora de un modesto hogar y la madre de una familia numerosa; otras veces, reforzó la economía doméstica preparando comidas para los mineros. A menudo fue también responsable de la contabilidad doméstica, encargándose de recoger en la casa de pago -ejemplos conservados en Belmez (Córdoba) y Corrales (Huelva)- el sueldo de su marido para evitar que éste lo desperdiciara en el bar. Su situación nunca fue demasiado fácil, sobre todo cuando caía sobre ella la desgracia de la viudez. La pérdida del esposo -y del principal sueldo y sustento de la casa- dejaba al hogar en una situación delicada, que en las clases más bajas podía suponer traspasar el umbral de la pobreza. Algo que añade más drama, si cabe, al ya de por sí triste paisaje social de las cuencas mineras, salpicado de viudas jóvenes (de 30 ó 40 años de edad) y pequeños huérfanos.
 
 
Dos mineros se baten a muerte con sus navajas en una escombrera de Linares, Jaén. Ilustración: A.J. García. Fuente: Colectivo Arrayanes, 2011.Espacio de conflicto
La mina ha sido también un lugar de sometimiento y maltrato. Numerosos testimonios reflejan las duras condiciones de trabajo de los mineros, con jornadas demasiado largas sin ver la luz del sol, ni respirar aire limpio -piénsese, si bien es un caso diferente y un tanto extremo, en los forzados de Almadén-. Algunas voces hablan, incluso, de castigos físicos. Sin embargo, no debe tomarse la parte por el todo, pues ésa no fue la tónica dominante en las minas de Sierra Morena, aun cuando no se pueda negar la presencia de la violencia en estos ambientes.

La conjunción de numerosos solteros jóvenes (temporeros, inmigrantes, etc.) en los pueblos mineros propició abundantes altercados, especialmente cuando el juego y la bebida entraban en escena. En Sierra Morena no fue extraño que el minero empezara el día con aguardiente (la popular palomita, mezcla de anís dulce y agua) y lo acabara con vino barato.

En Riotino (Huelva), las primeras generaciones de mineros al mando de la Rio Tinto Co. Ltd. (RTCL) fueron muy conflictivas, consecuencia de su falta de arraigo y de conciencia de grupo. Robos, peleas y crímenes de sangre fueron algo cotidiano, incluso entre los propios mineros. El problema adquirió tal dimensión que buena parte de los despidos ejecutados por la RTCL en su primera etapa tuvo que ver con la bebida o los delitos mencionados. Además, en Riotinto existió una importante desproporción entre el número de solteros y solteras, lo que contribuyó a que los pueblos de la cuenca se convirtieran en un buen filón para la prostitución.

El Linares (Jaén) del siglo XIX es otro buen ejemplo de comunidad minera moralmente degradada en la que abundan juego y prostitución, a veces con testimonios escalofriantes: ocasionalmente, cuando la necesidad apretaba, eran las propias madres quienes llevaban a sus hijas a las casas de citas. En aquel tiempo fue frecuente que los mineros dirimieran sus desencuentros en enfrentamientos violentos, mostrando con sus navajas un manifiesto desprecio por la vida que todavía es rastreable en dichos como “soy de Linares y pincho” o “de Linares, donde tres huevos son dos pares”.

Todas estas circunstancias tensaron la convivencia entre la población local y la foránea, si bien no en todos los casos. Los inmigrantes, percibidos como elementos disgregadores y socialmente desestructurados, fueron responsabilizados del clima general de hacinamiento, insalubridad, pobreza y delincuencia que el boom minero llevó a muchas cuencas. La solución a todos estos problemas se encontró en la familia, que llevó la calma a los espacios mineros y, a veces, incluso cierto aumento de la producción. Riotinto ilustra bien esta situación: a partir de la década de 1890 el desarrollo de la vida familiar -potenciado por la compañía con su programa de viviendas- consiguió relajar el ambiente y, lo que es más importante, favoreció que las gentes de las minas -procedentes en su mayoría de fuera- enraizaran y se identificaron con el lugar.
 
 
Los extranjeros (colonos)
La gestión por parte de extranjeros de yacimientos españoles se hizo habitual a partir de la segunda mitad del s. XIX, entre otras causas por la coyuntura legal definida en 1868-1869. Durante el boom los grandes nombres de la minería del Sur peninsular pasaron a ser británicos y franceses, sin olvidar la participación alemana, belga y de otros países; ni tampoco el papel desempeñado por las compañías nacionales. No faltan, por tanto, ejemplos de áreas residenciales para grupos foráneos en entornos mineros andaluces: Bella Vista en Riotinto, Pueblo Nuevo en Tharsis -Huelva-, el Barrio Francés de Peñarroya, etc.

La manera en la que las firmas extranjeras se relacionaron con los territorios explotados se enmarca en un contexto de colonización económica. En dicho marco, las minas colonizadas se configuran a menudo como núcleos capaces de generar riqueza en medio de un territorio deprimido, del que se aislaron. Así sucedió, entre otros lugares, en la provincia de Huelva: la mayor incursión británica en la minería peninsular, Riotinto, se ajusta bien a esta concepción, tanto a nivel económico como social. En parte como consecuencia de todo lo anterior, y aun cuando en ocasiones se desarrolló un clima de una buena convivencia entre los mineros españoles y sus jefes extranjeros, debió de existir una profunda distinción social entre la modesta clase obrera y sus superiores, reflejada, entre otros aspectos, en la arquitectura para la vida privada.

Nombres propios
A menudo, los integrantes de las cúpulas de estas compañías extranjeras fueron personajes de cierta fama en su contexto. Varios ocuparon cargos políticos de relevancia (los vice-consulados británicos de Sevilla, Córdoba, Linares…), mientras que otros gozaron de reputación internacional: D. Shaw, G.D. Delprat, los hermanos Carr, E. Deligny, H.F. Collins… Hubo también otros empleados extranjeros, un tanto más anónimos y pertenecientes a las clases medias de sus respectivos países de origen. Algunos acudirían a Sierra Morena sólo a solucionar problemas puntuales; otros para quedarse. Entre ellos hubo una importante representación de emigrados de Cornualles, como bien ilustra Linares.

Habitación para niños de la casa nº21 de Bella Vista en Minas de Riotinto, Huelva. Autor: Juan Manuel Cano Sanchiz. 2009Ingleses en Riotinto
La comunidad británica de Riotinto -que pudo alcanzar las 120 familias- constituye uno de los casos mejor conocidos, pero lo cierto es que lo allí ocurrido resulta un tanto excepcional en relación con otros enclaves, especialmente aquellos donde el colectivo extranjero fue más reducido. Los ingleses no estuvieron interesados en buscar la integración en Riotinto, adonde llevaron sus costumbres -la celebración del cumpleaños de la Reina Victoria, entre tantas otras- y una sociedad estructurada de manera piramidal en la que se reservaron la cúspide. De esta manera, se convirtieron en un grupo elitista y cerrado en un medio extraño, lo que no hizo sino marcar las diferencias y la incomprensión respecto a la población local. Ello no impidió, sin embargo, que en ocasiones los solteros ingleses se sintieran atraídos por las jóvenes del lugar, lo cual no sólo era criticado por la comunidad británica, sino que se veía con gran alarma y preocupación.

Reflejo material de esta situación, el barrio de Bella Vista -al igual que el Reina Victoria, en la capital onubense- aún se alza como una pequeña e idílica isla victoriana en un amplio territorio marcado por las cicatrices de la actividad minera a gran escala. Un espacio exclusivo de acceso vetado para los españoles (los nativos) hasta 1931, cuando el Gobierno Republicano obligó a la RTCL a permitirles la entrada. No extraña, por tanto, que en la memoria colectiva de Riotinto aún perdure la condena a los herméticos círculos sociales ingleses, que excluían de cualquier actividad -salvo del trabajo en la mina- a los españoles -si bien esto no fue siempre así-.

Una casa del barrio francés de Peñarroya-Pueblonuevo en Córdoba. Autor: Juan Manuel Cano Sanchiz. 2005Franceses en Peñarroya
A diferencia de lo ocurrido en la provincia de Huelva, en Peñarroya no existió esa ruptura entre los españoles y los franceses; o al menos no fue tan marcada. Ello no quiere decir que no existieran distinciones sociales, pero las jerarquías en este caso no las marcaba la nacionalidad, sino la clase y el rango profesional. Así, el Colegio Francés -inaugurado en 1902 por la congregación francesa de las Hermanas de la Presentación de María- ofrecía educación (en lengua francesa) a los hijos de todos empleados, mientras que en el Círculo Franco-Español se admitía sin reservas a los altos cargos españoles.

Lo mismo puede decirse de las viviendas construidas por la SMMP, jerarquizadas tipológicamente en función de la categoría laboral, pero sin diferenciar ni acotar zonas que separaran a la población francesa del resto. Un modelo, por tanto, diferente, en el que los matrimonios entre franceses y españoles, relativamente frecuentes, no generaban rechazo en la población, al tiempo que la Fiesta Nacional Francesa (14 de julio) era celebrada por la totalidad de la plantilla.

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