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MINAS DE SIERRA MORENA: los colores de la Tierra es un proyecto de Eiffel Lab financiado por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte.
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Señales de oleaje. Mina de Almadén, Ciudad Real. Autor: JCC. Fuente: Minas de Sierra Morena. Los Colores de la Tierra. 2013

El Paisaje de Sierra Morena

El paisaje de Sierra Morena engaña a un primer vistazo. La enorme loma en calma, dormida contra el suelo, de color pardo, y suaves laderas tachonadas siempre por la misma encina, permite descubrir ya en un primer acercamiento, quebradas inesperadas, penillanuras interminables, cascadas caudalosas, pastizales y bosques tupidos. Todo ello responde a una historia natural antigua, dormida en el tiempo al igual que sus apacibles formas, que una vez fueron costa de la península, y nerviosas laderas cubiertas de bosques de encinas y alcornoques. De todo este pasado, tras millones de siglos de historia, Sierra Morena aún retiene en su interior paisajes que dialogan entre sus actuales habitantes y su verdadera naturaleza.

Paisaje kárstico de Cerro del Hierro, Sevilla. Autor: JCC. Fuente: Minas de Sierra Morena. Los Colores de la Tierra. Biotopo
Sierra Morena es una sierra de colinas, una sucesión de laderas que se extiende de este a oeste a lo largo de 500 km de longitud, marcando el antiguo límite sur de la península Ibérica, cuando ésta era aún una isla entre las placas Euroasiática y Africana, aún no habían aflorado ni las cordilleras Béticas ni los Pirineos, y el Macizo Hespérico era su principal accidente geográfico.

Es, por tanto, un paisaje muy antiguo, de formas predominantemente suaves, constituidas básicamente por lomas labradas entre la dureza de sus materiales y los agentes erosivos, a lo largo de millones de siglos. No obstante, también aparecen, a lo largo de su extenso dominio geológico, formas angulosas, coincidentes con las transiciones litológicas entre distintos materiales, y con las discontinuidades naturales producidas por sus fallas. Por esta cuestión, el lado este de la sierra es más abrupto, quebrado y alto que las zonas central y oeste, caracterizadas por la alternancia de los relieves suaves y llanos (plutónicos), insertos entre el apalachense típico de los plegamientos detríticos paleozoicos (sucesión de colinas y valles).

Estos accidentes, aprovechados por la escorrentía en su recorrido hacia el Mar de Thetis primero, y el valle del Guadalquivir después, sirvieron al agua de yunques naturales sobre los que excavar los principales cauces que drenan esta sierra. Estos ríos, siempre dominados por la alternancia de estaciones lluviosas y secas, salvan a lo largo de sus 100 km. de longitud media, los 500 m. de desnivel que existen entre las elevaciones medias de Sierra Morena y las terrazas superiores del valle del Guadalquivir.

El propio proceso de excavación, unido al descenso de caudales propio de la regulación antrópica del sistema hidrológico, retroalimenta la incisión de los cauces, que experimentan erosión remontante, característica de estos ríos, y que perfilan cañones, barrancos y cortados, como caracteres singulares dentro de la uniformidad serena de este sistema acolinado.

La naturaleza detrítica mayoritaria de sus materiales componentes, alterados por procesos metamórficos de media y baja intensidad, hace que pizarras y esquistos impregnen de rojos, ocres y azulados metálicos, paredes desnudas, farallones verticales, y derrubios de ladera, en los que ni el suelo ni la vegetación han podido progresar. Abundando en el cromatismo de la sierra, estos colores cálidos son acentuados por otros fríos de tonos blanquecinos y grises, correspondientes respectivamente con afloramientos cuarcíticos y plutones graníticos, éstos últimos de naturaleza ígnea.

Por tanto, las formas angulosas, las más abruptas, se corresponderán con las crestas cuarcíticas, que son las formaciones más resistentes a la erosión, y que se ubicarán en posiciones superiores, sea cual fuere el relieve del que se trate. Las formas más redondeadas, planas y suaves, se corresponden con las intrusiones ígneas de carácter granítico, que responden de forma coherente al desgaste erosivo, y emergen en forma de llanuras, domos y bolos en el relieve, con su textura rugosa, de grano fino y tonalidad gris. Las formas rectilíneas, verticales, organizadas mediante alineaciones de estratos paralelos, son debidas a la superposición de pizarras y esquistos, rocas metamórficas fácilmente deleznables, que conforman superficies planas, verticales, en barrancos fluviales o el plano de una falla.

Mancha de jaral (Cistus ladanifer) en el entorno de escorias y escombreras de la vía de El Cerro del Hierro, con la dehesa al fondo. Paisajes transformados en distinta intensidad (San Nicolás del Puerto, Sevilla). Foto: JCC. Fuente: Minas de Sierra Morena. Los Colores de la Tierra. 2013.Biocenosis
En todas ellas, la capa de suelo alcanza un desarrollo muy limitado por las condiciones topográficas y climáticas. La pendiente, la concentración de las precipitaciones, el alto índice de escorrentía y su potencial torrencialidad, favorecen el lavado frecuente del suelo, cuya única protección es la vegetación, que tampoco puede evolucionar en su biomasa más allá de lo que le permiten el severo estío que ocupa la sierra durante los meses entre junio y septiembre.

La riqueza natural férrica de la orogénesis mariánica, queda patente a través de la liberación de hierro en los perfiles edáficos donde existe alteración química, conociéndose generalmente los suelos de Sierra Morena como “suelos rojos” por la tonalidad general que toman cuando la vegetación permite su observación directa, que es algo bastante habitual.

A excepción de los cortados, desplomes y derrubios, la capa vegetal coloniza potencialmente cada palmo de la capa de suelo de Sierra Morena, siendo su principal limitante la acción antrópica, que mediante rozas, desbroces, gradeos, roturaciones, talas, sobrepastoreo, incendios, repoblaciones y destoconados, ha acabado arrasando grandes superficies aptas para el desarrollo vegetal, siendo actualmente reducidas a eriales matorralizados, dominados en el mejor de los casos por formaciones de tomillares, cantuesales o aulagares, cuando no por jarales aclarados por pastizales estacionales.

Así pues, Sierra Morena es el resultado de una sucesión ingente de lomas, colinas y valles de suaves pendientes, tapizadas por suelos rojos, tachonados estacionalmente por la floración masiva de quercíneas (encinas, alcornoques, robles y quejigos), jaras, genistas, romeros y cantuesos, que se sostienen el resto del año sobre una trama vegetal de tonos verdes oscuros, de densidad variable, aclarada en las zonas llanas, y densa en las inclinadas, de textura gruesa en las zonas arboladas, media en las matorralizadas, y fina en los pastizales, que es interrumpida en los planos verticales y los horizontales por el mineral de la roca aflorante y la ocupación antrópica respectivamente.

Silo de almacén y descarga de mineral de Tharsis en Alosno, Huelva. Autor: JCC: Fuente: Minas de Sierra Morena. Los Colores de la Tierra. 2013.Antropización
A este último respecto, la ocupación antrópica del territorio opera en el paisaje de Sierra Morena a través de dos perfiles temporales distintos que indican la profundidad temporal de su influencia en el paisaje. El más antiguo, de raíces más profundas, se centra en la dehesa, célula natural y social en torno a la que se organiza el paisaje en toda Sierra Morena; asentamientos, caminería, viario, hidrología, vegetación y fauna son organizados directa o indirectamente por la selección que el ser humano ha realizado sobre esta formación vegetal.

En segundo lugar, el crecimiento demográfico y la polarización urbana de la población en los valles y costas, fuera de los ámbitos de montaña de Sierra Morena, genera la necesidad de un aumento y mejora de las infraestructuras en materia de movilidad y abastecimiento. Tal es el caso de las vías de transporte y las infraestructuras hidráulicas. Ésta última intervención antrópica no posee la potencia superficial de la dehesa, pero sí influye decisivamente al ocupar también amplias extensiones (embalses), caracterizadas por su alta intervisibilidad (amplios valles), y con la capacidad de influir decisivamente en el aspecto de las cuencas visuales, al seccionarlas o rodearlas frecuentemente para su implantación eficaz en el territorio (pasos naturales o viarios de estructuras singulares), ya sea como objeto o como emisor de vistas.

A medio camino entre ambos extremos se halla la influencia que las explotaciones mineras ejercen sobre el territorio, y su inferencia en el paisaje. De aparición anterior a las grandes infraestructuras en su escala de explotación moderna (mediados del S VIII), las instalaciones y explotaciones mineras de Sierra Morena constituyen un hito paisajístico por la alteración puntual que ejercen sobre lugares aislados, ajenos a cualquier lógica anterior de ocupación contemporánea del territorio, y por ello apenas comunicados o relacionados directamente con los polos funcionales del mismo.

Es por esto que la minería contemporánea en Sierra Morena, ha centrado la atención del observador sobre lugares que, en parte anónimos, experimentaron un auge y declive de análoga intensidad en el lapso temporal de poco más de un siglo, y que ahora, una vez cesada su actividad extractiva, viven en una intensa fractura que los separa, como si de una corta minera se tratase, de la evolución del territorio circundante, permaneciendo aislados en su destrucción, parados en su maquinaria, vacíos en sus inmuebles, latentes.

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